
Publicado en: REC. Revista de Erudición y Crítica, nº 6, Editorial Castalia, Junio de 2008.
El libro no es un objeto más, es el símbolo de la creencia en algo imposible: la de que un conjunto de palabras, por estar dispuestas unas detrás de otras, en páginas consecutivas, numeradas y eventualmente cosidas, puedan transmitir el sentido de un texto, como si éste fuera algo unitario, repetible e independiente de la mente y el contexto que lo acoge. El acto por el que se alza la tapa de un volumen y se recorre con la mirada el índice, y el gesto –repetido una y otra vez en cada una de sus páginas– por el que el lector pretende apropiarse de su contenido, se convierten en movimientos pertenecientes a la representación de una farsa disparatada. Sin embargo, esta imposibilidad de la lectura hace que el concepto de un objeto material capaz de encerrar en su interior un entramado intelectual unificado no sea en absoluto despreciable. El libro es la promesa de espacios abiertos más allá del espacio que el mismo ocupa como objeto. El libro contiene y no contiene el horizonte infinito de la Mancha en El Quijote o las sombras nocturnas del castillo de Elsinor. El libro es una compleja máquina significante que produce la ilusión de un todo en relación, en el que cualquier variación en una de sus partes afecta al conjunto en su totalidad. Una vez leído el libro ya no se necesita el objeto para acceder al espacio por él abierto, basta con suponer que la tensión que mantenía unidas sus partes continúa ejerciendo su fuerza. Pero si el libro, como objeto ideal imposible, es una puerta de acceso al lenguaje, ¿puede ser el lenguaje una puerta de acceso al libro? ¿Puede la literatura devorarse a sí misma?

Me gusta esta ambigüedad del libro que es a la vez contenido y continenete -Me gusta, y además me da morbo-.
No sabía que estabas escribiendo tantísimo. Gracias.